
Noche, una ciudad en fiestas. Gente y más gente, caminando en grupos, atesta las calles de la parte vieja. Puede que sea San Lorenzo pues, de cuando en cuando, surcan el firmamento algunas flamígeras antostas de Las Perseidas y pienso: -Las lágrimas del Santo.
Me preocupa el coche, donde y como lo he dejado, a esto se añade el desasosiego de saberla cercana y la certeza de que los boletos de la lotería han desaparecido volando.
En el comedor , su hermano, también ella y alguien más que busca un disco de "bird" Parker. Cazadoras de cuero, forros rojos.
El portón de un parque , hierro forjado sobre la mamposteria del arco, tal vez un nombre, o cruz de camposanto; en las copas de los arces, avenida central, canta un macho de autillo, sombras, recios olores de madreselva y majuelos ; pasa Zayed , enmantado, como muerto de rondón, maneras de mur, ojos de esparvel y saluda: - ¡Viva el tercio !
Aparece caminando, no viene sola, zapatos, arena, pañuelos en el cuello, un mozalbete rubio la acompaña, se besan.
Una verbena al otro lado de la calle, hay que acreditarse como socio, no me permiten pasar. Desde la entrada, entristecido, miro el cimbreo de los farolillos de papel al compás de las rachas de viento, ¿o los anima la música?
La turca tiene el pelo violeta, negras las botas hasta las rodillas, iris de gato como la luna y el pensamiento en los trajines de Endesa por La Patagonia; pongo la mano en el punto exacto donde se le acaba la espalda, la carne tiene sabor agrio de milonga y da calor a los dedos.
- ¿Por qué nos detenemos turca?
-Mi habibi, habiendo sarandíes , siendo guadal.
Despierto, no hay agareno, no está el machete. Contemplo la cicatriz y sonrío:
- Y lo peor de todo, no hay turca.
Me levanto y lo escribo, así fue