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El manjar

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 A mi regreso de España,  fui directamente a reunirme con mis dos compañeros que a la salida del pueblo , junto a un vado del  río Putumayo,  preparaban la comida.

- Suelte esa sartén- le dije al indio-  he comprado unos frascos de hormigas  culonas en el aeropuerto y  les  traigo también manjares exquisitos de mi patria.

Me chocó que Quenoram no probara bocado  de una de las viandas, pues los colombianos son muy carnívoros, y le pregunté:

-¿Vos no comés de eso?

- Está chimba,  pruébelo- le señaló el indio.

- No me gusta el león- respondió Quenoram.

Extrañado, tomé el recipiente y, antes de sufrir el más tremendo ataque de risa de toda mi vida, pude leer en la etiqueta:

“Cecina de León”

04/12/2006 11:33 Hay 5 comentarios.

Sorpresa

   Recuerdo aquel día como si de ayer se tratase. Yo no contaba con más de diez años aunque, la verdad sea dicha, curada estaba de espanto en lo que a estos mesteres se trataba pero, qué cojones; los traumas libres son y hermosa la capacidad de asombro del ser humano.

   En casa de mi abuela ha sido, desde siempre, el pan de cada día ser testigo de las visitas más variadas y con ellas, las sorpresas más variopintas.

   Escuché un murmullo antes siquiera de abrir los ojos para toparme con la más absoluta oscuridad pues, por aquel entonces, dormía, inexorablemente, con persianas y contraventanas cerradas a cal y canto, amén de la puerta. Hora era de levantarse, fuera cual fuere la hora, pues la vejiga apremiaba. Así pues, tras calzarme las zapatillas (acto cuasi reflejo en la casa de la "güela" pues había sido -y quien tuvo, retuvo- lo que a mí se me antojaba a tan tierna edad una sastrería imperial), salí de la habitación rumbo a "tierras de Roca".

   Mientras me aproximaba a mi destino, los murmullos pasaron a ser inteligibles, muy a mi pesar.

-¿Lo ves?

-¡Hija de mi vida! ¿Cómo no voy a verlo? ¡Si esto es de enciclopedia médica!

-Soy su esclava, Geni. Me tienen frita.

-Si es que tienen vida propia, ¡hija del amor hermoso! ¿Cómo no has ido al médico aún?

   Por ahí debía andar la conversación cuando, camino del baño que me encontraba y habiendo llegado a la altura del pasillo con mejores vistas a la zona en donde se llevaban a cabo las actividades culinarias (y tanto) en aquella bendita casa, lo vi.

   Desde su sillón de mimbre o trono, como solía ella llamarlo, y teniendo pues el culo de "la visita" a la altura a la que deberían estar todas las televisiones del mundo para evitar molestas tortícolis, escrutaba mi querida abuela con expresión de asombro las hemorroides de esta buena (espero, qué menos) señora que se hallaba flexionada en ángulo recto con la falda remangada en la cintura y las bragas por los tobillos.

   Deshice el camino, volviendo sobre mis pasos, y me olvidé de mi antes apremiante urgencia hasta que no hube oido la despedida y el portazo de salida.

21/12/2006 14:37 Hay 11 comentarios.


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