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Mi abuela materna se tiró toda la vida que compartió con mi abuelo materno (sólo faltaba) quejándose del envenenamiento-fumador-pasivo que sufría por culpa de éste. Llegaba a ser hiriente.
Durante sus tres años de lecho de muerte (sus de él), ella le encendía los cigarrillos.
Él nunca fue creyente, pero en esos tres años rezaba, bebía agua bendita y demás lindezas aunque, merece ser dicho que también veía gatos por toda la habitación, gatos inexistentes que mi abuela espantaba con el palo de la escoba. Recuerdo aquel día como si de ayer se tratase. Yo no contaba con más de diez años aunque, la verdad sea dicha, curada estaba de espanto en lo que a estos mesteres se trataba pero, qué cojones; los traumas libres son y hermosa la capacidad de asombro del ser humano. En casa de mi abuela ha sido, desde siempre, el pan de cada día ser testigo de las visitas más variadas y con ellas, las sorpresas más variopintas. Escuché un murmullo antes siquiera de abrir los ojos para toparme con la más absoluta oscuridad pues, por aquel entonces, dormía, inexorablemente, con persianas y contraventanas cerradas a cal y canto, amén de la puerta. Hora era de levantarse, fuera cual fuere la hora, pues la vejiga apremiaba. Así pues, tras calzarme las zapatillas (acto cuasi reflejo en la casa de la "güela" pues había sido -y quien tuvo, retuvo- lo que a mí se me antojaba a tan tierna edad una sastrería imperial), salí de la habitación rumbo a "tierras de Roca". Mientras me aproximaba a mi destino, los murmullos pasaron a ser inteligibles, muy a mi pesar. -¿Lo ves? -¡Hija de mi vida! ¿Cómo no voy a verlo? ¡Si esto es de enciclopedia médica! -Soy su esclava, Geni. Me tienen frita. -Si es que tienen vida propia, ¡hija del amor hermoso! ¿Cómo no has ido al médico aún? Por ahí debía andar la conversación cuando, camino del baño que me encontraba y habiendo llegado a la altura del pasillo con mejores vistas a la zona en donde se llevaban a cabo las actividades culinarias (y tanto) en aquella bendita casa, lo vi. Desde su sillón de mimbre o trono, como solía ella llamarlo, y teniendo pues el culo de "la visita" a la altura a la que deberían estar todas las televisiones del mundo para evitar molestas tortícolis, escrutaba mi querida abuela con expresión de asombro las hemorroides de esta buena (espero, qué menos) señora que se hallaba flexionada en ángulo recto con la falda remangada en la cintura y las bragas por los tobillos. Deshice el camino, volviendo sobre mis pasos, y me olvidé de mi antes apremiante urgencia hasta que no hube oido la despedida y el portazo de salida.  A mi regreso de España, fui directamente a reunirme con mis dos compañeros que a la salida del pueblo , junto a un vado del río Putumayo, preparaban la comida. - Suelte esa sartén- le dije al indio- he comprado unos frascos de hormigas culonas en el aeropuerto y les traigo también manjares exquisitos de mi patria.
Me chocó que Quenoram no probara bocado de una de las viandas, pues los colombianos son muy carnívoros, y le pregunté: -¿Vos no comés de eso? - Está chimba, pruébelo- le señaló el indio. - No me gusta el león- respondió Quenoram. Extrañado, tomé el recipiente y, antes de sufrir el más tremendo ataque de risa de toda mi vida, pude leer en la etiqueta: “Cecina de León”
 Noche, una ciudad en fiestas. Gente y más gente, caminando en grupos, atesta las calles de la parte vieja. Puede que sea San Lorenzo pues, de cuando en cuando, surcan el firmamento algunas flamígeras antostas de Las Perseidas y pienso: -Las lágrimas del Santo. Me preocupa el coche, donde y como lo he dejado, a esto se añade el desasosiego de saberla cercana y la certeza de que los boletos de la lotería han desaparecido volando. En el comedor , su hermano, también ella y alguien más que busca un disco de "bird" Parker. Cazadoras de cuero, forros rojos. El portón de un parque , hierro forjado sobre la mamposteria del arco, tal vez un nombre, o cruz de camposanto; en las copas de los arces, avenida central, canta un macho de autillo, sombras, recios olores de madreselva y majuelos ; pasa Zayed , enmantado, como muerto de rondón, maneras de mur, ojos de esparvel y saluda: - ¡Viva el tercio ! Aparece caminando, no viene sola, zapatos, arena, pañuelos en el cuello, un mozalbete rubio la acompaña, se besan. Una verbena al otro lado de la calle, hay que acreditarse como socio, no me permiten pasar. Desde la entrada, entristecido, miro el cimbreo de los farolillos de papel al compás de las rachas de viento, ¿o los anima la música? La turca tiene el pelo violeta, negras las botas hasta las rodillas, iris de gato como la luna y el pensamiento en los trajines de Endesa por La Patagonia; pongo la mano en el punto exacto donde se le acaba la espalda, la carne tiene sabor agrio de milonga y da calor a los dedos. - ¿Por qué nos detenemos turca? -Mi habibi, habiendo sarandíes , siendo guadal. Despierto, no hay agareno, no está el machete. Contemplo la cicatriz y sonrío: - Y lo peor de todo, no hay turca. Me levanto y lo escribo, así fue Jaso fue, durante algún tiempo, zagal en casa de mi abuelo. Su madre se lo había encomendado, hastiada de que sus hermanastros lo golpeaban cruel y continuamente. Iba, sin incidentes de importancia, buenamente entendiendo el oficio y a los animales, hasta aquel día de San Sebastián en que su innata curiosidad de picaraza lo espoleó a manipular una granada de la pasada guerra, perdida o abandonada por algún artillero en un fragoso breñal del cerro del castillo y , en estas, el artilugio explotó dejándolo tuerto y rengo. Cuando sanó lo hallaron transformado. Extrañamente, perdía el equilibrio y se le confundían el seso y el habla al sentir el murmullo y la vorágine de los acuíferos subterráneos, era capaz de pronosticar , sin yerro, como vendría el tempero en los próximos cinco años, y el vino se agriaba en las cubas o tomaba regusto a pez y lacre con su presencia. Sentíamos aprecio mutuo y nos tratábamos como familia. Me hechizaba su sombreo negro de chalán con las alas raídas y caídas, las plumas de ánade, cuervo o perdiz prendidas en el lazo de la cinta cenicienta que circundaba la corona, el cayado con la cabeza de un perro toscamente tallada en la empuñadura, el chaleco mulatero de paño fino, la plateada cadena de reloj que lo cruzaba , la petaca rellena de picadura selecta que asomaba por un bolsillo y el modo suyo de prender la yesca, raspando con el eslabón un fragmento de pedernal de la sierra, pues según decía: - Los cerillos dan tufarada a diablo, no son cosa de romín. Aquel atardecer, yendo a encerrar el hatajo, me vio forrajeando cerca de la majada, en un varello que mi padre sembraba de cereal revuelto por ser aquel lugar impracticable para las maquinas de segar. Me rodeaba una multitud de golondrinas que se alimentaban gozosas de los insectos que la dalla levantaba al remover la mies. Se acercó Jaso, me remiró sin decir palabra; con esmero de artificiero, lió dos “revientapechos” de picadura reseca y ofrecióme luego uno. Llevando el cigarro ya medio, golpeó la ceniza con el meñique, sopló las ascuas y , entornando el ojo huero, profetizó tan solemnemente como lo hiciera Espurina junto a la puerta de los testamentos : -Las golondrinas lo dicen, te rondará una moza. Yo veo que ha de ser rubia. -No me amueles Jaso . Dije yo algo asustado al ver que cesaba repentinamente el etesio, su ojo bueno quedaba en blanco, le atacaba el mal de San Vito en las manos y los perros de carea, agachando las orejas y el rabo recortados con tijera de esquilador, reculaban lanzando gañidos lastimosos. - La he visto, es rubia. Lo que venga después, yo no lo sé. Al volver a casa, queriendo acorzar camino, eché con las mulas por una trocha entre peñas tajadas y quejigos. Don Pedro , el mastín de mi casa, se enzarzó a dentelladas con una enorme culebra y , con los bufidos del ofidio, se espantó una mula joven revolcándome con ella. Con el cuerpo desollado y dolorido, una mula sin carga y sin resuello, y el fanfarria de Don Pedro acorado, sofocado y temeroso por la reprimenda que le había echado en el carcavón, me detuve en la fuente, a la entrada del pueblo. Solté el ronzal , cuando la caballería se amorró a abrevar en la pila del ganado, pasé una pierna por encima de su cruz, descabalgando con tal mala fortuna que, al pisar la capa de cieno que cubría las piedras del suelo, resbalé y fui a caer entre las patas del animal. Escuché unas risas. - ¿Qué juras tanto, Valero? Al levantarme, me di la vuelta y la vi. Estaba sentada en el descansillo de la fuente, bajo las ramas de un desmayo. Apenas la reconocía con el cabello teñido del color de la parva seca pues La Lupe siempre tuvo el pelo negro, como un tizón.
Delicada como un sedal, hecha de espuma clara y liviana, abandonada a los aires como el sisallo y la ontina, con los mismos ojos dormidos y ahítos de agua que el gato royo y con los labios como ababoles rosados apretándose uno a otro para guardarse los miasmas, allá por San Silvestre, cuando el viento revocaba el humo oloroso de la sabina en las chimeneas anunciando las nieves, vino la Lupe al pueblo, por curarse las penas y males, del extranjero. No hubo aquel invierno un solo laurel , en todas las tierras del somontano, al que le quedasen las hojas ni las savias enteras tras las vilezas del hielo y la burniega crudeza del cierzo. -Escuplo da verla – dijo mi madre. -Le faltan las aguas de Mayo- mi hermana mayor - Redios, no cal decir donde tendrá el virgo - mi padre La Lupe me puso un amor que no pegaba derecho en las sienes, sino de costado y en las palmas de las manos, donde lo sentía tallado y pulido con pulsos certeros de ágil colibrí, de manera que me parecía como si, más que sintiéndolo, lo estuviera reviviendo a tientas y al retortero con recuerdos diseminados, dormitando en mitad de un bardal, a la sombra de los lirios blanquinosos y las ternuras soñadas por fardachos y golondrinas, allá en la confusa lejanía de un tiempo venidero.
 Vos sos cinco letras, exacto guarismo que germináis quebrando los fémures inmóviles, las fáculas ternarias, acirates del tiempo . Podéis ser nada y aún sos algo, hálito ceniciento, bulado maleficio, que atristáis la tarde. Acto 1º -Hace frío, ¿verdad? Que digo yo que en Tarragona hará frío también, ¿verdad? -Pues seguramente, sí. -Si ya lo digo yo, cuando es invierno es invierno en tos laus. Acto 2º -Yo cuando pido algo… un café, un agua... pido siempre dos de azúcar, ¿sabes?, dos de azúcar para la cabeza porque a veces me se va la cabeza, ¿sabes?, y con esto (señalando el agua) y el azúcar, se me pasa. ¿Qué hora tienes? -La una y diez. -Ahhhhhh!! Pues la misma que yo. Voy a llenar la ésta de agua aquí al baño. Todo un personaje, aún recuerdo su cara. Lo encontré hace unos días en una libretilla y volví a sonreir. Ahí tienen  Nos habían dejado, la intensa lluvia y la inundación que después sobrevino, aislados del resto de la compañía y sin materia de sustento. Hubieron de pasar tres días antes que determináramos bajar del otero que nos había salvado de perecer ahogados y nos dispusiéramos a atravesar el extenso galacho que la crecida del río había formado para nuestro infortunio. No teniendo medio de comunicar nuestra posición y ser rescatados, emprendimos un desorientado regreso a la base. En el largo camino, bebíamos el agua que encontrábamos añadiéndole pastillas potabilizadoras y entrábamos con mucha precaución en los poblados, por ver que de sólido llevarnos a la boca y ocupar el estomago, siendo la mayor parte de las veces, algún puño de maíz agusanado o harinas de incierta procedencia que horneábamos, al estilo de la milicia, entre piedras delgadas. Fue en una de esas sigilosas entradas a un asentamiento, desesperado ya por la mucha hambre, cuando tropecé en la maleza con cuatro cuerpos tendidos y atados de pies y manos, cada uno a un largo madero de los usados para empalizar a manera de cómo traban con bejuco los cazadores africanos a las presas cobradas, colocándose después los sujetos a los extremos del palo para transportarlas sobre el hombro. Me dejé caer al suelo de un rápido estirón cuidando de descifrar la situación cuanto antes. De los cuatro cuerpos, pude ver que tres yacían decapitados, y el que restaba vivo, tenía tal expresión de desasosiego y terror en el rostro que parecía desequilibrado y fuera de si. Como no era, por su aspecto y edad, hombre de armas ni representaba peligro por el estado de ánimo en que se hallaba y ,todo aquello, tenía semblante de ser consecuencia de algún conflicto entre individuos de tribus diferentes, opté por librarlo de las ataduras. Cuando quiso plantarme la mano sobre el hombro, tal vez para mostrar agradecimiento, lo intimidé apuntándolo con el rifle y le hice ademán de que me siguiera al lugar propicio donde sonsacarle lo que me interesaba que, no era cosa otra sino hallar que comer o al menos un poco de sal con la que dar sazón a las piezas de caza que nos procurásemos. Fuimos a reunirnos con Quenoram en el punto que teníamos establecido; él había podido ver más y mejor que yo, ocultándose en un bancal, lo que sucedía en el lugar. -Son cinco bacán, muy jóvenes, visten de militar, no llevan apenas armamento, parecen muy bravos, están golpeando a la gente y ya mismo los van a matar. Si queremos comida hay que esperar que se vayan o darles una “pela”. Desde allá arriba es donde mejor se divisa. Y señaló un altillo. Convinimos intervenir. Me arrastré hasta quedar situado en la elevación, a unos trescientos metros del poblado. Monté la mira en el Parker–Hale y pude observarlos con claridad. Tenían buena fiesta, mi compañero estaba en lo cierto, de momento se entretenían con la tarea de ahorcar a un perro. Pateaba el animal no encontrando mas que aire para agarrarse, el que necesitaba respirar. Quenoram ya había llegado al flanco acordado y me hizo señal. Todo bien. Rastreé un objetivo prioritario o algo que indicara por donde empezar, sabía por experiencia que aquella gente no usaba distintivos de mando. Fijé la óptica en uno de ellos, sonreía mientras con el cañón del fusil golpeaba duro al animal y lo empujaba para que no se asiera al pelado poste del que pendía. Tiré despacio del cerrojo y sentí el seco correr de la 7.62 hasta la cámara, templé el aire en los pulmones y disparé. El motivo de aquellas muertes nunca lo tuvimos claro, los supervivientes mezclaban un poco de portugués con muchas palabras indígenas y apenas entendimos algo. Uno de los caídos en la refriega tenía novia o esposa en aquel poblado y esta le había sido infiel con alguno de los decapitados. Aquella madrugada, para despejarse de la borrachera, se les ocurrió acercarse a raparle el vello púbico o algo peor con el fin de “lavar la ofensa”, después las cosas se fueron complicando y decidieron ejecutar a todo ser viviente. De comer, aquellas gentes nos ofrecieron poco, porque poco tenían. Reemprendimos camino, compañeros de la misma hambre que habíamos traído. Al perro aún no le había llegado la hora, con mucha sabiduría apoyó las patas traseras en el muerto y las delanteras en el tronco del tormento, aguantándose de este modo con vida hasta que terminó el combate. Media docena de niños abaleaban trigo junto al muro de la Misión antes del anochecer. Poco más allá, frente al portalón de entrada, un puñado de feligreses, a las ordenes del padre Michel que lucía despojado de sus hábitos claretianos, se entretenía levantando un pequeño altar con basto y luctuoso mortero, algunas piedras y lo más, cascotes o serraduras de otras fábricas cercanas, antaño gloriosas y ya derrumbadas. Me acerqué con el jeep y sin apearme, apoyando los brazos en el volante, comencé a hablar: -A esa cosa que están construyendo, en mi tierra la llaman peirón. Abundan y se ven a la entrada o en las cercanías de los pueblos y villas. A unos los tienen por hitos cidianos, de otros dicen que señalan los lugares donde antes hubo miliarios romanos y los leídos coinciden al atestiguar que la mayor parte de aquellos que siguen en pie, fueron alzados con devoción por la cristiandad para honrar a sus santos . Sean lo que sean, a todos los que yo pude ver los corona una férrea cruz y casi todos contienen la imagen de un santo. - ¿Qué santo va a colocar, padre? Preguntó una mujer del grupo de clerizones que contemplaban y auxiliaban la sacra labor. - Si, ¿qué santo? Preguntaba otro - Si, ¿qué santo? ¿Qué santo? Querían saber todos - Que nos ayude el licenciado. A ver, señor, ¿qué santo le parece que merece nuestra atención? Dijo Michel imponiendo paz - Bueno, todos sabemos que hay muchas santas mujeres y preclaros varones en la historia del catolicismo, amén de la multitud de virgenes que pueblan el santoral. Son varios los afamados nombres que se me ocurren, así que.......... propongo que me permitan escribir algunos de ellos en unos papelitos y los echan en un sombrero. Que el padre Michel extraiga uno al azar y sea ese el santo que refugie el peirón. Todos estuvieron de acuerdo. Un instante antes de que el padre Michel desdoblara el papel, arranqué el auto y sonriendo, agité la mano señalando la despedida. Mi interés por conocer el nombre era nulo, en todas las papeletas había escrito lo mismo: “ El santo prepucio”.
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