Infancia

Mi abuela materna se tiró toda la vida que compartió con mi abuelo materno (sólo faltaba) quejándose del envenenamiento-fumador-pasivo que sufría por culpa de éste. Llegaba a ser hiriente.

Durante sus tres años de lecho de muerte (sus de él), ella le encendía los cigarrillos.

Él nunca fue creyente, pero en esos tres años rezaba, bebía agua bendita y demás lindezas aunque, merece ser dicho que también veía gatos por toda la habitación, gatos inexistentes que mi abuela espantaba con el palo de la escoba.

25/01/2008 13:31 Hay 3 comentarios.

Sorpresa

   Recuerdo aquel día como si de ayer se tratase. Yo no contaba con más de diez años aunque, la verdad sea dicha, curada estaba de espanto en lo que a estos mesteres se trataba pero, qué cojones; los traumas libres son y hermosa la capacidad de asombro del ser humano.

   En casa de mi abuela ha sido, desde siempre, el pan de cada día ser testigo de las visitas más variadas y con ellas, las sorpresas más variopintas.

   Escuché un murmullo antes siquiera de abrir los ojos para toparme con la más absoluta oscuridad pues, por aquel entonces, dormía, inexorablemente, con persianas y contraventanas cerradas a cal y canto, amén de la puerta. Hora era de levantarse, fuera cual fuere la hora, pues la vejiga apremiaba. Así pues, tras calzarme las zapatillas (acto cuasi reflejo en la casa de la "güela" pues había sido -y quien tuvo, retuvo- lo que a mí se me antojaba a tan tierna edad una sastrería imperial), salí de la habitación rumbo a "tierras de Roca".

   Mientras me aproximaba a mi destino, los murmullos pasaron a ser inteligibles, muy a mi pesar.

-¿Lo ves?

-¡Hija de mi vida! ¿Cómo no voy a verlo? ¡Si esto es de enciclopedia médica!

-Soy su esclava, Geni. Me tienen frita.

-Si es que tienen vida propia, ¡hija del amor hermoso! ¿Cómo no has ido al médico aún?

   Por ahí debía andar la conversación cuando, camino del baño que me encontraba y habiendo llegado a la altura del pasillo con mejores vistas a la zona en donde se llevaban a cabo las actividades culinarias (y tanto) en aquella bendita casa, lo vi.

   Desde su sillón de mimbre o trono, como solía ella llamarlo, y teniendo pues el culo de "la visita" a la altura a la que deberían estar todas las televisiones del mundo para evitar molestas tortícolis, escrutaba mi querida abuela con expresión de asombro las hemorroides de esta buena (espero, qué menos) señora que se hallaba flexionada en ángulo recto con la falda remangada en la cintura y las bragas por los tobillos.

   Deshice el camino, volviendo sobre mis pasos, y me olvidé de mi antes apremiante urgencia hasta que no hube oido la despedida y el portazo de salida.

21/12/2006 14:37 Hay 11 comentarios.

El manjar

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 A mi regreso de España,  fui directamente a reunirme con mis dos compañeros que a la salida del pueblo , junto a un vado del  río Putumayo,  preparaban la comida.

- Suelte esa sartén- le dije al indio-  he comprado unos frascos de hormigas  culonas en el aeropuerto y  les  traigo también manjares exquisitos de mi patria.

Me chocó que Quenoram no probara bocado  de una de las viandas, pues los colombianos son muy carnívoros, y le pregunté:

-¿Vos no comés de eso?

- Está chimba,  pruébelo- le señaló el indio.

- No me gusta el león- respondió Quenoram.

Extrañado, tomé el recipiente y, antes de sufrir el más tremendo ataque de risa de toda mi vida, pude leer en la etiqueta:

“Cecina de León”

04/12/2006 11:33 Hay 5 comentarios.

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Noche, una  ciudad en fiestas. Gente y más gente, caminando en grupos, atesta las calles de la parte vieja. Puede que sea San Lorenzo pues, de cuando en cuando, surcan el firmamento algunas flamígeras  antostas de Las Perseidas y pienso: -Las lágrimas del Santo.

 

Me preocupa el coche, donde y como lo he dejado,  a esto se añade  el desasosiego de saberla cercana y la certeza de que los boletos de la lotería han desaparecido volando.

 

En el comedor , su hermano, también ella y alguien más que busca un disco de "bird" Parker. Cazadoras de cuero, forros rojos.

 

El portón de un parque , hierro forjado sobre la mamposteria  del arco, tal vez un nombre, o cruz de camposanto;  en las copas de los arces, avenida central,  canta un macho de autillo, sombras, recios olores de madreselva  y majuelos ;  pasa  Zayed ,  enmantado, como muerto de rondón,  maneras de mur, ojos de esparvel y  saluda: - ¡Viva el tercio !

 

Aparece caminando, no viene sola,  zapatos, arena, pañuelos en el cuello, un mozalbete rubio la acompaña, se besan.

 Una verbena al otro lado de la calle, hay que acreditarse como socio,  no me permiten pasar. Desde la entrada, entristecido,  miro  el cimbreo de los farolillos de papel  al compás de las rachas de  viento, ¿o los anima la música?

 

La turca tiene el pelo violeta, negras las botas  hasta las rodillas, iris de gato como la luna  y  el pensamiento en los trajines de Endesa por La Patagonia;  pongo la mano en el punto exacto donde se le acaba la espalda, la carne tiene  sabor agrio de milonga y  da calor a  los dedos.

 - ¿Por qué nos detenemos turca?

-Mi habibi,  habiendo sarandíes , siendo guadal.

Despierto, no hay agareno, no está  el machete. Contemplo la cicatriz y sonrío:

- Y lo peor de todo, no hay turca.

 Me levanto y lo escribo, así fue

09/09/2006 04:16 Hay 20 comentarios.

La Rubia

20060827164756-1.jpgJaso fue,  durante algún tiempo,  zagal en casa de mi abuelo. Su madre se lo había encomendado, hastiada de que sus hermanastros  lo golpeaban cruel y continuamente.

Iba, sin incidentes de importancia, buenamente entendiendo el oficio y  a los animales,  hasta aquel  día de  San Sebastián en que su innata curiosidad de picaraza lo espoleó  a manipular una granada de la pasada guerra,  perdida o abandonada  por algún artillero en un fragoso breñal  del cerro del castillo  y , en estas,  el artilugio explotó dejándolo  tuerto y rengo.

 Cuando sanó  lo hallaron transformado. Extrañamente,  perdía el equilibrio y se le  confundían el seso y el habla al  sentir el murmullo y  la vorágine  de los acuíferos subterráneos, era capaz de   pronosticar , sin yerro, como vendría el tempero en los próximos  cinco años,  y el vino  se agriaba en las cubas  o tomaba regusto a pez y lacre con su presencia.

 

Sentíamos aprecio mutuo y nos tratábamos como familia. Me hechizaba  su sombreo negro de chalán con las alas raídas y caídas,  las  plumas de ánade, cuervo o perdiz prendidas en el lazo de la cinta cenicienta que  circundaba la corona, el  cayado con la cabeza de un perro toscamente  tallada  en la empuñadura,  el chaleco mulatero de paño fino,  la plateada cadena de reloj que lo cruzaba , la petaca rellena de picadura selecta  que  asomaba por un bolsillo y el modo suyo  de prender la yesca,  raspando con el eslabón  un  fragmento  de pedernal de la sierra, pues según  decía: - Los cerillos dan tufarada a diablo,  no son cosa de romín.

  Aquel atardecer, yendo a encerrar  el  hatajo, me vio forrajeando  cerca de  la majada,  en un varello  que mi padre sembraba de cereal revuelto por ser aquel lugar impracticable para las maquinas de segar. Me rodeaba una multitud de  golondrinas que se alimentaban gozosas de los insectos que  la dalla  levantaba al remover la mies.

 Se acercó Jaso, me remiró sin decir palabra; con esmero de artificiero, lió dos “revientapechos” de picadura reseca y ofrecióme  luego uno. Llevando el cigarro ya medio, golpeó la ceniza con el meñique, sopló las ascuas  y , entornando el ojo huero,  profetizó tan  solemnemente como lo hiciera Espurina junto a la puerta de  los testamentos :

-Las golondrinas lo dicen, te rondará una moza.  Yo veo que ha de ser rubia.

-No me  amueles  Jaso . Dije yo  algo asustado al ver que  cesaba repentinamente  el etesio,  su  ojo bueno  quedaba en  blanco,  le atacaba el  mal de San Vito en las manos y los perros de carea,  agachando las orejas y el rabo  recortados con tijera de esquilador,  reculaban lanzando  gañidos lastimosos.

- La he visto,  es rubia. Lo que venga después, yo no lo sé.

  

Al volver a  casa, queriendo acorzar camino, eché con las mulas por una trocha entre peñas tajadas y quejigos. Don Pedro , el mastín de mi casa,  se enzarzó a dentelladas con una enorme  culebra y ,  con los bufidos del ofidio, se espantó una mula joven revolcándome  con ella.

Con el cuerpo desollado y dolorido, una  mula sin carga y sin resuello, y el fanfarria de Don Pedro  acorado, sofocado y temeroso por la reprimenda que le había echado en el carcavón, me detuve en la fuente, a la entrada del pueblo.

 Solté el ronzal , cuando la caballería se amorró a abrevar en la pila del ganado, pasé una pierna por encima de su  cruz, descabalgando con tal mala fortuna que, al pisar  la capa  de cieno que cubría las piedras del suelo,  resbalé y fui a caer  entre las patas del animal.

Escuché unas risas.

- ¿Qué juras tanto, Valero?

Al levantarme, me di la vuelta y la vi.

Estaba sentada en el descansillo de la fuente, bajo las ramas de un desmayo. 

Apenas la reconocía con el cabello teñido del color de la parva seca  pues  La Lupe  siempre tuvo el pelo negro, como un tizón.

25/08/2006 09:55 Hay 5 comentarios.

Lupe I

Delicada como un sedal, hecha de espuma clara y liviana, abandonada  a los aires como el sisallo y la ontina, con los mismos ojos dormidos y  ahítos de agua que el gato royo y con los labios como ababoles  rosados apretándose uno a otro  para  guardarse los miasmas, allá por San Silvestre, cuando el viento  revocaba  el humo oloroso de la sabina en las chimeneas  anunciando las nieves, vino la Lupe al pueblo, por curarse las penas y males, del extranjero.

No hubo aquel invierno un solo laurel , en todas las tierras del somontano, al que le quedasen las hojas ni las savias enteras  tras  las vilezas del hielo y la burniega crudeza del cierzo.

 

-Escuplo da verla – dijo mi madre.

-Le faltan las aguas de Mayo- mi hermana mayor

- Redios, no cal decir donde tendrá  el virgo -  mi padre

 

La Lupe me puso un amor que no pegaba derecho en las sienes,  sino de costado y en las palmas de las manos, donde lo sentía tallado y pulido con pulsos certeros de ágil colibrí,  de manera que me parecía como si,  más que sintiéndolo, lo estuviera reviviendo a tientas y al retortero con recuerdos diseminados,  dormitando en  mitad de un bardal, a la sombra de los lirios blanquinosos  y  las  ternuras soñadas por  fardachos y golondrinas, allá en la confusa lejanía de un  tiempo venidero.

09/05/2006 11:56 Hay 7 comentarios.

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Vos sos cinco letras,

exacto guarismo

que germináis quebrando

los fémures inmóviles,

las fáculas ternarias,

acirates del tiempo .

 

Podéis ser nada

y aún sos algo,

hálito ceniciento,

bulado maleficio,

que atristáis la tarde.

 

20/04/2006 20:09 Hay 6 comentarios.

Estación de bus 2/12/2004

Acto 1º
-Hace frío, ¿verdad? Que digo yo que en Tarragona hará frío también, ¿verdad?
-Pues seguramente, sí.
-Si ya lo digo yo, cuando es invierno es invierno en tos laus.
Acto 2º
-Yo cuando pido algo… un café, un agua... pido siempre dos de azúcar, ¿sabes?, dos  de azúcar para la cabeza porque a veces me se va la cabeza, ¿sabes?, y con esto    (señalando el agua) y el azúcar, se me pasa. ¿Qué hora tienes?
-La una y diez.
-Ahhhhhh!! Pues la misma que yo.
Voy a llenar la ésta de agua aquí al baño.
 

Todo un personaje, aún recuerdo su cara.

Lo encontré hace unos días en una libretilla y volví a sonreir. Ahí tienen

 

 

02/04/2006 15:02 Hay 1 comentario.

La suerte del perro

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Nos habían dejado, la intensa lluvia y la  inundación  que después sobrevino, aislados del resto de la compañía y sin materia de sustento. Hubieron de pasar tres días antes que determináramos  bajar del otero que nos había salvado de perecer ahogados y nos dispusiéramos a atravesar el  extenso galacho que la crecida del  río había formado para nuestro infortunio.

No teniendo medio de comunicar nuestra posición y ser rescatados, emprendimos  un desorientado regreso a la base. En el largo camino, bebíamos el agua  que encontrábamos  añadiéndole  pastillas potabilizadoras  y entrábamos con mucha precaución en los poblados, por ver que  de sólido llevarnos a la boca y ocupar el estomago, siendo  la mayor parte de las veces, algún puño de maíz  agusanado o harinas de incierta procedencia  que horneábamos, al estilo de la milicia, entre piedras delgadas.

Fue en una de esas sigilosas entradas a un asentamiento, desesperado ya  por la mucha hambre,  cuando tropecé en la maleza con cuatro cuerpos tendidos y atados  de pies y manos, cada uno  a un largo madero de los usados para empalizar a manera de cómo traban con bejuco  los cazadores africanos a las presas cobradas, colocándose después  los  sujetos a  los  extremos del  palo para transportarlas sobre el hombro.

Me dejé caer al suelo de un rápido estirón  cuidando de descifrar la situación cuanto antes. De los cuatro cuerpos,  pude ver que  tres  yacían decapitados,  y el que restaba vivo, tenía tal expresión de desasosiego y terror en el  rostro que parecía desequilibrado y fuera de si. Como no era, por su aspecto y edad,  hombre de armas ni representaba peligro por el  estado de ánimo en que se hallaba y ,todo  aquello, tenía semblante de ser consecuencia  de algún conflicto entre individuos de  tribus diferentes, opté por librarlo de las ataduras. Cuando quiso plantarme la mano sobre el hombro, tal vez para  mostrar agradecimiento,  lo intimidé apuntándolo con el rifle  y le hice ademán de que me siguiera al lugar propicio donde sonsacarle lo que me interesaba que, no era cosa otra sino hallar que comer o al menos un poco de sal  con la que dar sazón a las piezas de caza que nos procurásemos.

Fuimos  a reunirnos  con Quenoram en el punto que teníamos establecido; él había podido ver más y mejor que yo, ocultándose en un bancal, lo que sucedía en el lugar.

-Son cinco bacán,  muy jóvenes,  visten de militar,  no llevan apenas armamento, parecen muy bravos,  están golpeando a la gente y ya mismo los van a matar. Si queremos comida hay que  esperar que se vayan  o darles una “pela”. Desde allá arriba es donde mejor se divisa. Y  señaló un altillo.

Convinimos intervenir.

Me arrastré hasta quedar situado en la elevación, a  unos trescientos metros del poblado. Monté la mira  en el Parker–Hale y pude observarlos con claridad.  Tenían buena fiesta, mi compañero estaba en lo cierto, de momento se entretenían con  la tarea  de ahorcar  a un perro. Pateaba el animal  no encontrando mas que aire para agarrarse, el que necesitaba respirar.  Quenoram ya había llegado al flanco  acordado y me hizo señal. Todo bien. Rastreé un  objetivo prioritario o algo que  indicara por donde empezar,   sabía   por experiencia que aquella gente no usaba distintivos de mando. Fijé la óptica  en uno de ellos, sonreía mientras  con el cañón del fusil golpeaba duro al animal y  lo empujaba para que no se asiera al  pelado poste  del que pendía. Tiré  despacio del cerrojo y sentí el seco correr de la 7.62 hasta la cámara,  templé el aire en los pulmones y disparé.

El motivo de aquellas muertes nunca lo tuvimos claro, los supervivientes mezclaban un poco de portugués con muchas  palabras indígenas y apenas entendimos  algo. Uno de los caídos en la refriega tenía novia o esposa en aquel  poblado y esta le había sido infiel con alguno de los decapitados. Aquella madrugada, para despejarse de la borrachera, se les ocurrió acercarse a raparle el vello púbico o algo peor con el fin de “lavar la ofensa”, después las cosas se fueron complicando y decidieron  ejecutar a todo ser viviente.  

 De comer, aquellas gentes  nos ofrecieron poco, porque poco tenían. Reemprendimos camino, compañeros de la misma hambre que habíamos traído.

Al perro aún no le había llegado la hora, con mucha  sabiduría  apoyó las patas traseras en el muerto y las delanteras en el tronco del tormento, aguantándose de este modo con  vida  hasta que terminó el combate.

 

 

14/02/2006 20:51 Hay 3 comentarios.

El santo

Media docena de niños abaleaban  trigo  junto al muro  de  la Misión  antes del anochecer. Poco más allá, frente al portalón de entrada, un puñado de feligreses, a las ordenes del padre Michel que lucía  despojado de  sus hábitos claretianos, se entretenía levantando un pequeño altar con basto y luctuoso mortero, algunas  piedras y lo más, cascotes o serraduras de otras fábricas cercanas, antaño  gloriosas y  ya derrumbadas. Me acerqué con el jeep  y sin apearme,  apoyando los brazos  en el volante,  comencé a hablar: 
        

-A esa cosa  que están construyendo,  en mi tierra la llaman peirón. Abundan y se ven a la entrada  o  en las cercanías de los pueblos y villas.  A unos los tienen por hitos cidianos, de  otros dicen que señalan los lugares donde antes hubo miliarios romanos y   los  leídos  coinciden al  atestiguar que  la mayor parte de aquellos que siguen en pie,  fueron alzados con  devoción por  la cristiandad para honrar a sus santos . Sean lo que sean,  a todos  los que yo pude ver  los corona una férrea cruz y casi todos contienen  la imagen de un santo.
-         ¿Qué santo va a colocar, padre?  Preguntó una mujer del grupo de clerizones que contemplaban y auxiliaban la  sacra labor.
-         Si, ¿qué santo?  Preguntaba otro
-         Si, ¿qué santo? ¿Qué santo? Querían saber todos
-         Que nos ayude el licenciado.  A ver,  señor, ¿qué santo le parece que merece nuestra atención?  Dijo Michel  imponiendo paz
-         Bueno, todos sabemos que hay  muchas santas mujeres y preclaros  varones  en la historia del catolicismo, amén de la multitud de virgenes que pueblan  el santoral.  Son varios los afamados nombres que se me ocurren,  así que..........  propongo que me permitan escribir algunos de ellos  en unos papelitos y  los echan en un sombrero. Que el padre  Michel  extraiga uno al azar  y sea  ese el santo que  refugie el peirón.
Todos estuvieron de acuerdo.
 

Un instante antes de que el padre Michel desdoblara el papel, arranqué el auto y  sonriendo,  agité la mano señalando la  despedida. Mi interés por conocer el nombre era nulo, en todas las papeletas había escrito lo mismo:
“ El santo prepucio”.
 

 

18/01/2006 03:16 Hay 6 comentarios.


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