Delicada como un sedal, hecha de espuma clara y liviana, abandonada a los aires como el sisallo y la ontina, con los mismos ojos dormidos y ahítos de agua que el gato royo y con los labios como ababoles rosados apretándose uno a otro para guardarse los miasmas, allá por San Silvestre, cuando el viento revocaba el humo oloroso de la sabina en las chimeneas anunciando las nieves, vino la Lupe al pueblo, por curarse las penas y males, del extranjero.
No hubo aquel invierno un solo laurel , en todas las tierras del somontano, al que le quedasen las hojas ni las savias enteras tras las vilezas del hielo y la burniega crudeza del cierzo.
-Escuplo da verla – dijo mi madre.
-Le faltan las aguas de Mayo- mi hermana mayor
- Redios, no cal decir donde tendrá el virgo - mi padre
La Lupe me puso un amor que no pegaba derecho en las sienes, sino de costado y en las palmas de las manos, donde lo sentía tallado y pulido con pulsos certeros de ágil colibrí, de manera que me parecía como si, más que sintiéndolo, lo estuviera reviviendo a tientas y al retortero con recuerdos diseminados, dormitando en mitad de un bardal, a la sombra de los lirios blanquinosos y las ternuras soñadas por fardachos y golondrinas, allá en la confusa lejanía de un tiempo venidero.