Jaso fue, durante algún tiempo, zagal en casa de mi abuelo. Su madre se lo había encomendado, hastiada de que sus hermanastros lo golpeaban cruel y continuamente. Iba, sin incidentes de importancia, buenamente entendiendo el oficio y a los animales, hasta aquel día de San Sebastián en que su innata curiosidad de picaraza lo espoleó a manipular una granada de la pasada guerra, perdida o abandonada por algún artillero en un fragoso breñal del cerro del castillo y , en estas, el artilugio explotó dejándolo tuerto y rengo.
Cuando sanó lo hallaron transformado. Extrañamente, perdía el equilibrio y se le confundían el seso y el habla al sentir el murmullo y la vorágine de los acuíferos subterráneos, era capaz de pronosticar , sin yerro, como vendría el tempero en los próximos cinco años, y el vino se agriaba en las cubas o tomaba regusto a pez y lacre con su presencia.
Sentíamos aprecio mutuo y nos tratábamos como familia. Me hechizaba su sombreo negro de chalán con las alas raídas y caídas, las plumas de ánade, cuervo o perdiz prendidas en el lazo de la cinta cenicienta que circundaba la corona, el cayado con la cabeza de un perro toscamente tallada en la empuñadura, el chaleco mulatero de paño fino, la plateada cadena de reloj que lo cruzaba , la petaca rellena de picadura selecta que asomaba por un bolsillo y el modo suyo de prender la yesca, raspando con el eslabón un fragmento de pedernal de la sierra, pues según decía: - Los cerillos dan tufarada a diablo, no son cosa de romín.
Aquel atardecer, yendo a encerrar el hatajo, me vio forrajeando cerca de la majada, en un varello que mi padre sembraba de cereal revuelto por ser aquel lugar impracticable para las maquinas de segar. Me rodeaba una multitud de golondrinas que se alimentaban gozosas de los insectos que la dalla levantaba al remover la mies. Se acercó Jaso, me remiró sin decir palabra; con esmero de artificiero, lió dos “revientapechos” de picadura reseca y ofrecióme luego uno. Llevando el cigarro ya medio, golpeó la ceniza con el meñique, sopló las ascuas y , entornando el ojo huero, profetizó tan solemnemente como lo hiciera Espurina junto a la puerta de los testamentos :
-Las golondrinas lo dicen, te rondará una moza. Yo veo que ha de ser rubia.
-No me amueles Jaso . Dije yo algo asustado al ver que cesaba repentinamente el etesio, su ojo bueno quedaba en blanco, le atacaba el mal de San Vito en las manos y los perros de carea, agachando las orejas y el rabo recortados con tijera de esquilador, reculaban lanzando gañidos lastimosos.
- La he visto, es rubia. Lo que venga después, yo no lo sé.
Al volver a casa, queriendo acorzar camino, eché con las mulas por una trocha entre peñas tajadas y quejigos. Don Pedro , el mastín de mi casa, se enzarzó a dentelladas con una enorme culebra y , con los bufidos del ofidio, se espantó una mula joven revolcándome con ella.
Con el cuerpo desollado y dolorido, una mula sin carga y sin resuello, y el fanfarria de Don Pedro acorado, sofocado y temeroso por la reprimenda que le había echado en el carcavón, me detuve en la fuente, a la entrada del pueblo. Solté el ronzal , cuando la caballería se amorró a abrevar en la pila del ganado, pasé una pierna por encima de su cruz, descabalgando con tal mala fortuna que, al pisar la capa de cieno que cubría las piedras del suelo, resbalé y fui a caer entre las patas del animal.
Escuché unas risas.
- ¿Qué juras tanto, Valero?
Al levantarme, me di la vuelta y la vi.
Estaba sentada en el descansillo de la fuente, bajo las ramas de un desmayo.
Apenas la reconocía con el cabello teñido del color de la parva seca pues La Lupe siempre tuvo el pelo negro, como un tizón.